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Ángel Fernández lleva toda
la vida torneando madera; el oficio no le viene de familia pero es como si
lo llevara en la sangre.
Ha dedicado los mejores
años de su vida a aprender los secretos del trabajo del tornero. Con
dieciséis años empezó como aprendiz en el taller de un prestigioso tornero
que tenía como principal cliente a Televisión Española, donde trabajó con
mucho ahínco para poder, además de formarse, ganar dinero y montar su propio
taller. Era mucha la ilusión por establecerse por su cuenta.
En 1974, ya con veinte
años de edad, ganas de comerse el mundo, carisma y un poco de dinero, abrió
su taller en el barrio de Carabanchel, donde trabajó duro hasta 1995, año en
que tomó a bien el hacerse con un local más grande en un municipio a las
afueras de Madrid, concretamente en un polígono de Humanes de Madrid.
Tiene el orgullo de haber
sabido contagiar a su hijo Jesús el cariño por la profesión y juntos sacan
adelante los numerosos encargos que van llegando al taller. Trabajan con
diversas maderas, roble, haya, pino, cedro, bubinga, de las que consiguen un
resultado artístico con mucho empeño, paciencia y con la ayuda del torno,
las gubias, los formones y los escoplos, herramientas tan necesarias como
sus preciadas manos pero que no se pueden comprar en ningún sitio hoy día y
las logran hacer poniendo mucho ingenio.
De sus manos salen todo
tipo de objetos que precisen ser perfectamente torneados: curiosos pies de
lámparas, barras para elegantes sillas, patas para sostener las mesas más
macizas y todo aquello que se precie, nada relacionado con su oficio les
asusta.
Trabajan por encargo y
como son ya muchos años en el oficio, su buen nombre y saber hacer les ha
llevado a tener numerosos clientes, como ebanisterías que precisan de su
colaboración para el acabado de sus piezas, fábricas de muebles de distintos
lugares y decoradores de prestigio, todos ellos fieles y muy satisfechos con
el resultado de un trabajo hecho por manos tan expertas.
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